El dato surge del Barómetro de la Deuda
Social de la Infancia, un informe de la UCA. La cifra trepa al 61% cuando
ingresan en la edad escolar. Josefina Licitra.
Más de la mitad de los niños pobres menores de
cinco años (el 51,6%) no festejó su último cumpleaños. Ésta es una de las
tantas sorpresas que arroja la reciente edición del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia , un informe elaborado
anualmente por el Departamento de Investigación Institucional de la Universidad Católica
Argentina –al que se suman los aportes de la Fundación Arcor –
con el fin de armar un mapa de las condiciones de vida de la niñez y la
adolescencia. Si se cruzan los datos del Barómetro con las estadísticas de
indigencia infantil del INDEC, el resultado es que hay cerca de 250 mil chicos
que no son “celebrados” y, en consecuencia, crecen sin tener plena conciencia
del paso del tiempo, sin enfrentarse al misterio que supone un regalo (por
menor que sea) y –todavía peor– sospechando vagamente que su llegada al mundo
no es un motivo de celebración.
Un cuarto de millón de niños pobres, en síntesis, quedó afuera de la instancia
simbólica fundamental que encierra el festejo de un cumpleaños. “Este tipo de
eventos marca un hito en varios sentidos, porque puede leerse como la ocasión
que tiene el niño de ser mirado por un ‘otro’ que lo autorice a tener palabra
propia –explica el doctor Manuel Rubio, psicoanalista y docente de la UCA –. Dada la prematurez
biológica con que nace el bebé, requiere no sólo de alimentos sino también de
un estímulo social que exige la participación del otro. Desde los estudios
clásicos de la década del 40 se sabe que para sostenerse vivo al sujeto no le
basta con haber sido ‘cuidado’, sino que se requiere que un deseo humano haya
sido puesto en él. Y el festejo del cumpleaños pone en acto muchos factores
vinculados con ese deseo”.
Esta falta de celebración no mejora con el tiempo, sino todo lo contrario: una
vez en edad escolar, los chicos de nivel socioeconómico más bajo pasan su
cumpleaños sin recibir un reconocimiento en un 61,2% de los casos. ¿De qué se
pierde una criatura que no es festejada? Los cumpleaños –como cualquier fiesta
familiar– son instancias donde se ponen en acto las relaciones de parentesco y
las transmisiones simbólicas. El psicoanalista Manuel Rubio pone un ejemplo:
“Imaginemos que llegan los abuelos con un regalo, una cosa es que el regalo sea
sólo para el que cumple años y otra es que les lleven regalo a todos los
hermanos. En ese solo gesto se juega la posibilidad y la aceptación de la
diferencia. Una vez con el regalo en la mano (sea cual fuere), una cosa es que
el niño lo comparta con sus pares invitados y otra que no lo haga”.
Estas relaciones, estas formas de inscribirse en lo que los especialistas
llaman el “entramado social”, empiezan a tallar en los niños durante la primera
infancia: una etapa con funciones de bisagra en cualquier ser humano. “Los
primeros cinco años de vida son bastante importantes en la construcción de la
subjetividad –explica Lea Waldman, licenciada en Educación y responsable de las
preguntas realizadas para la encuesta del Barómetro–. Hay cosas que suceden
allí, y que adquieren una dimensión importante en función del desarrollo
global. En lo que refiere al festejo de un cumpleaños, ahí se pone en juego el
nivel de reconocimiento de la familia, la escuela o el ámbito donde el chico se
mueva; es un reflejo de la importancia que se le da a la llegada de él al
mundo”.
Según el relevo realizado por el Barómetro de la Deuda Social , existen
niños de clase media y alta cuyos cumpleaños pasan, también, sin pena ni
gloria. Pero son los menos, ya que la relación entre el festejo y la situación
socioeconómica es estrecha: las chances de celebrar que tiene un niño
perteneciente al 10% más pobre de la población son trece veces menores a las
que registran los niños del 10% más rico. “Con los chicos que se desarrollan en
condiciones de pobreza hay una serie de indicadores que se van concatenando y
que tienen que ver con una construcción óptima de la subjetividad –explica
Waldman–. Casualmente, los chicos más pobres son los que conviven con varios
tipos de carencia. No se trata sólo de alimentación, sino de otras ausencias
que afectan el desarrollo de la personalidad. Y que no se solucionan con
pastillas, vitaminas o respuestas inmediatas. Por eso son tanto más difíciles
de reparar”.
A 9 DE CADA 10 NUNCA LE LEYERON UN CUENTO.
El informe del
Barómetro para la Deuda
Social también advierte que tres de cada cuatro niños pobres
y menores de cinco años no tienen quien les cuente un cuento. Esto significa
que hay 350 mil chicos en situación de extrema pobreza que, además de carecer
de recursos estrictamente vitales, no tienen instancias de comunicación
didáctica con un adulto. “El relato de un cuento es un momento dedicado al
niño, donde además se da respuesta a ciertas cosas que ocurren muchas veces en
la fantasía del chico, y que tienen una relación muy directa con el tema del
desarrollo del lenguaje”, advierte Lea Waldman. En el caso de la llamada
“segunda infancia” (de los 6 a
los 12 años) la situación es aún peor: el 88,5% de los niños más pobres no
escucharon nunca el relato de un cuento. Y eso significa que carecen de muchas
otras cosas. Con un cuento, el niño aprende a escuchar y a ser escuchado, y
además alimenta su curiosidad. Pero, por sobre todas las cosas, con un cuento
–una de las tantas formas del lenguaje– un niño logra ponerle nombre a la
realidad en la que está. Un paso importante, fundamental, para poder cambiarla
en el futuro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario